Para lo primero, el Consejo
Supremo de la Adoración
nocturna se puso en inteligencia con el P. Teodoro Rodríguez, quien se encargó
de la comida, según los datos que se le fueron comunicando. Una comida que
había de tener más comensales que los que asistieron al milagro de los cinco
panes, requería una organización completa y acabada en todos los pormenores.
El plan ideado por el P. Teodoro Rodríguez para dar cumplimiento ordenado al
racionamiento de aquel ejército, fue sencillo y admirablemente concebido.
Con el nombre de Jardín del Príncipe
ó de la Casita
de Abajo, por un palacio ó casita donde el gusto más delicado acumuló todos los
juguetes del más precioso arte, hay situados al pie del Monasterio unos anchos
y amenísimos jardines, que para recreo de príncipes se hicieron; y en ellos una
espaciosa glorieta adonde convergen como radios de una estrella los paseos de
los jardines. Este fue el lugar, por su amplitud, escogido para comedor de los
hombres que formaban la casi totalidad de la peregrinación, y un bosquecillo
lindísimo y frondoso, con todos los encantos de lo natural é inculto, fue el
destinado para las señoras, que eran en número mucho menor.
En el centro de la referida
glorieta se colocó el centro del servicio: cuatro mesas situadas convenientemente,
con una bandera enarbolada, blanca, roja, azul ó amarilla, según la mesa,
completaban el despacho de raciones. Los Adoradores se repartirían en columnas
de mil; una bandera grande, blanca, azul, roja ó amarilla, sería la enseña de
cada columna, que se descompondría en compañías de á ciento, y á cada uno se le
daría una contraseña ó ticket, de
igual color que la bandera de su columna; de este modo cada uno seguiría su
bandera.
Con
igual solicitud y cuidado se hicieron los preparativos de la iglesia y de los
alrededores del Monasterio dirigidos todos por los Rvdos. Padres Sánchez y La Gala. Durante los días
anteriores trabajaban con empeño ya los encargados de la iluminación eléctrica,
ya carpinteros que levantaban tribunas y construían balaustradas de madera
para dividir la iglesia en cuarteles para los distintos grupos de Adoradores,
mientras en la Comunidad
se preparaba alojamiento para los señores obispos ó invitados. Era un movimiento
incesante el que había, y en todas partes se desplegaba una actividad nerviosa
y llena de agitación.
La gran basílica quedaba
completamente iluminada por muy poderosos focos eléctricos repartidos por todas
sus anchísimas naves; el Patio de los Reyes de igual modo, aunque no con la esplendidez
de la basílica, y en las soberbias avenidas del Monasterio, conocidas con el
nombre de Lonjas, se habían, colocado de trecho en trecho lámparas eléctricas
de gran potencia, para iluminarlas durante la gran noche próxima.
El pueblo de El Escorial, la parte, digo,
que está al otro lado del cuadrilátero que forma el Monasterio, fiel á su
tradicional apatía, á su costumbre, inveterada de no ostentar otros arcos ni
hacer otra manifestación de galas que aquellas con que el Patrimonio y la Comunidad les engalana,
ni se adornó, ni colgó, ni levantó arcos; los comerciantes se prepararon á
vender, los fondistas á recibir viajeros, y los demás á ver.
En la organización de los viajes de Madrid
á El Escorial púsose también singular atención: siete trenes, que saldrían de
Madrid desde la una y cuarenta de la
tarde hasta las seis, conducirían á los peregrinos.
Merecen conocerse las
principales instrucciones que en la Orden general del Consejo Supremo de la Adoración nocturna
española se dieron para el mejor resultado y éxito de todos estos actos. Son las
siguientes:
«Á fin de observar la
organización de la peregrinación durante el viaje á El Escorial y el de
regreso, se distribuirán los Adoradores por diócesis y secciones completas en
los diferentes trenes especiales.
»Á cada
Adorador se le dará una contraseña de color diferente para su tren especial, en
la cual se anotará las horas de salida de Madrid y llegada á El Escorial del
tren en que se deba de hacer el viaje de ida, así como la salida de El Escorial
y llegada á Madrid del tren en que se ha de hacer el regreso. Los billetes de
todos los Adoradores que ocupen cada tren los llevará la persona que se designe
para jefe de grupo del mismo, la cual deberá presentarlos cuantas veces lo
exija el interventor de ruta de la
Compañía ferroviaria.
»El color de la contraseña correspondiente
á los trenes especiales es como sigue:
»Primer tren. —Salida de Madrid: 1,40 tarde, color amarillo.
»Segundo tren. —Salida de Madrid: 2,20 tarde, color morado.
»Tercer tren. —Salida de Madrid: 3,18 tarde, color verde.
»Cuarto tren. —Salida de Madrid: 4,04 tarde, color azul.
»Quinto tren. —Salida de Madrid: 4,25 tarde, color blanco.
»Sexto tren. —Salida
de Madrid: 4,47 tarde,
color rojo.
»Séptimo tren. —Salida
de Madrid: 5,55 tarde,
color naranja.
»Se recomienda á los Adoradores concurran
á la estación, tanto á la ida como al regreso, con veinte minutos de
anticipación, por lo menos, á la hora de partida de los respectivos trenes, al
objeto de que pueda hacerse el embarque en las mejores condiciones.
»El Adorador que llegue á la estación
después de la hora de salida del tren á que corresponda su billete, no tendrá
derecho á utilizar ninguno de los otros trenos especiales ni á entablar
reclamación de ninguna clase, y sólo podrá viajar en los trenes ordinarios,
previo el pago del billete correspondiente.
»Á la salida de Madrid y de El Escorial,
los Consejos directivos y los jefes de grupo procurarán estar en la estación
media hora antes de la señalada para la partida del tren que deban utilizar, á
fin de organizar, bajo la dirección de los jefes de tren, la colocación de
todos los peregrinos.
»Los Adoradores pasarán directamente al
andén, buscarán á su jefe de grupo, ó al que haga sus veces, y se pondrán á sus
órdenes.
»Al ponerse el tren en marcha,
los adoradores rezarán las preces del
ritual, y las Adoradoras el Santo Rosario.
»ESTANCIA
DE LOS PEREGRINOS EN EL ESCORIAL
1.
Llegados los peregrinos á la estación, descenderán de los coches y se
agruparán lo más ordenadamente posible, para dirigirse, por dentro de los
jardines, al Monasterio.
2.
Los portadores de las banderas las conducirán al Real Colegio de
Alfonso XII, y después de armadas las colocarán en el paraninfo del claustro
del mismo Colegio, en los lugares designados, dejando los estuches al pie de
cada bandera. Los abanderados se pondrán los portabanderas y no se los quitarán
hasta la terminación de la
Vigilia.
3.
Tanto la cena como el desayuno y la comida serán servidos en el
bosquecillo del Monasterio y en los jardines de la Casa del Príncipe. El primero
de estos lugares quedará reservado exclusivamente para las señoras.
4.
Las comidas para los caballeros estarán dispuestas en cuatro mesas,
que se distinguirán con los colores siguientes: blanco, azul, rojo y amarillo. Serán
jefes: De la primera mesa, D. César A. Arruche; de la segunda, D. Juan López
Sagredo; de la tercera, D. Manuel Bellido, y de la cuarta, D. Francisco López.
5.
Á las horas que se indique para las comidas, los Adoradores cuidarán
de agruparse delante de las mesas que tengan distintivo de color igual al del
vale que posean, para ser allí ordenados en filas de á cien individuos cada
una. Los Adoradores llevarán cubierto y vaso para agua, vino y café. Reunidos
en la forma dicha, avanzará la primera lila para que cada individuo recoja su
ración y se retire á comerla donde
le convenga. La segunda y restantes filas
avanzarán de igual manera en el momento que se les indique.
6.
Para recoger las raciones será
requisito indispensable la presentación del vale correspondiente.
Procuren los Adoradores tenerle ya preparado para entregarlo en el acto, y
sepan desde ahora que aquel que no le presente carecerá de derecho para
reclamar comida, y será, por lo tanto, inútil que entre en los jardines.
7.
El café se servirá al final de cada una de las dos comidas y en el
desayuno. Los Adoradores tendrán que agruparse de nuevo en la forma indicada
más arriba, para que les sirvan café en los vasos, que se cuidarán de presentar
en las mesas respectivas. Terminadas la cena y la comida, al aproximarse á
tomar el café, cada cual devolverá el plato y la botella que antes ha recogido
de la mesa.
8.
La cena se servirá á las siete y media de la tarde, el desayuno
después de la procesión, y la comida á las once y media de la mañana. Los
Adoradores, pues, deberán estar un cuarto de hora antes de las indicadas en
los lugares donde las mesas estén instaladas. El que no haya llegado á las
repetidas horas no tendrá derecho á reclamar se le sirva después la comida.
9.
Para el agua de beber habrá el número suficiente de cántaros,
distribuidos en sitios convenientes.
10.
Las Adoradoras tendrán
presentes las instrucciones que anteceden, para regirse por ellas durante su
estancia en El Escorial.»
Tales fueron las disposiciones tomadas por
los jefes de aquella grandiosa manifestación.
Precauciones de policía se
adoptaron cual en tales casos es de rigor y obligación de los gobernantes, pues
si bien de aquel honradísimo ejército de creyentes nada se podía temer, no
dejaron de correr algunos rumores siniestros de atentados ó parecidas
violencias, que no eran imposibles en estos tiempos en que la política y el
odio sectario, en combinación, acuden á los medios más criminales para
conseguir sus fines.
Cierto que no so desplegó un
gran aparato policíaco, pero la
Guardia civil,
la Policía urbana, la secreta, con aquel
singular aspecto que sus individuos presentan, y la Cruz Roja, servían para
completar el último detalle de aquel cuadro.
Desde la mañana del día en
que había de verificarse el gran homenaje eucarístico de los católicos
españoles, y último de
los del Congreso, empezó á dejarse sentir la afluencia de
forasteros. En las carreteras que conducen desde la estación al Monasterio,
en la Lonja,
en las calles del pueblo y en los claustros, el ir y venir de gente aumentaba
por momentos: era un hormiguero interminable. Un murmullo creciente y continuo
se percibía en todas partes, y era el principio solo, eran los que, sin
pertenecer ni estar inscritos como peregrinos, iban, guiados por su devoción y
fe, á presenciar un espectáculo hermoso y grande, y hacían el viaje fuera de
las horas y tiempos señalados para los Adoradores. El aluvión crecía con la
llegada de cada tren, y la invasión arreciaba á cada instante.
Pero desde la media tarde la ola se agrandó de una manera
formidable; los que recorríamos los claustros, y desde el coro teníamos que bajar
á la iglesia, salir al Patio de los Reyes, pasar por los claustros, asomarnos á
la Lonja, lo
encontrábamos todo invadido. La muchedumbre en todas partes se movía, y era una
muchedumbre abigarrada y del más pintoresco aspecto: hombres que en la cara y
en las manos llevaban el sello del trabajo y del laborar del artesano;
caballeros que en las oficinas y en los gabinetes gastan sus horas y energías;
sacerdotes, militares, á quienes el traje civil no quitaba su marcial aspecto;
señoras, niños, jóvenes, viejos; las blusillas airosas de la huerta de
Valencia, las boinas vascongadas, las fajas bien ceñidas de otros rústicos
lugares, la elegante sencillez de las madrileñas, los perifollos de las provincianas,
los refajos chillones, los pañuelos de seda cruzados al pecho
de las campesinas de Dios sabe dónde, sombreros, mantillas, lodo andaba allí
revuelto, sirviendo do mayor contraste á lo que estaba á su lado: las infladas
sayas de las labriegas, á las ceñidas faldas de las damas urbanas; los
colorines fuertes, á los tonos suaves; la indiferencia, entre modesta,
sencilla, de las mujeres de Madrid, á la timidez asustadiza de las pobres
campesinas y á la pretensión escamona de las provincianas, y, en fin, todos
los caracteres de todas las regiones, que, aun envueltos por el santo velo de
la fe y de la piedad, se descubren, veíanse allí y podían retratarse viviendo
y moviéndose en los claustros, en los paseos y en las calles de El Escorial.
Hasta en la manera de entrar, de estar en la iglesia y do rezar se notaban mil
diferencias curiosas y dignas de estudio,
que ofrecían un espectáculo interesante á todo espíritu
observador: allí se veía entrar á los vascos blancos, buenos mozos,
desafiadores y bizarros, con cierta negligencia valiente, mirando á todas
partes; allí los castellanos, más tostados, serios y austeros siempre; los
valencianos, más recogidos y piadosos; allí se contemplaban mil diversas
aptitudes de piedad, desde la humilde y férvida de las devotísimas mujeres
españolas, siempre amantes y dulces en sus oraciones á Jesús, hasta la masculina
y entera adoración de los hombres que creen por convicción sólida. Y, en fin,
en aquel entrar en la iglesia, y arrodillarse, orar en ella como creyentes y
visitarla como turistas, se descubrían rasgos de psicología piadosa muy
singulares.
Describir
cómo se hicieron los viajes, cómo se efectuó la llegada, es querer describir
lo indescriptible; en inmensas oleadas de gente, en número mayor al calculado,
impresionadas y llenas de emoción, pero guardando siempre orden admirable.
Al
fin llegaron todos. El primer acto era la cena que en los Jardines del Príncipe
y Bosquecillo se había de servir.
Las
previsiones, el sencillo plan ideado resultaron ineficaces
ante aquella muchedumbre,
compuesta no sólo de adoradores nocturnos, habituados á la disciplina, sino de
fieles, turistas y curiosos, que,
mezclados con los primeros, invadieron los jardines. Esta circunstancia
dificultó el servicio, y entrada ya la noche aumentose la confusión.
Todos hubieron de sufrir en
tal ocasión, y singularmente los organizadores; pero en ella quedaron
manifiestos más que en ninguna la bondad y el espíritu de sacrificio de los
adoradores nocturnos, que ofrecieron la nota pintoresca más viva y más al
natural que imaginar so puedo y un espectáculo hermoso y grande, quizás más
grande y hermoso que si se hubieran cumplido los planes trazados dentro de una
organización perfecta.
Si en aquél acto no reinó
todo el orden que fuera do desear, como al día siguiente aseguraba el muy Rvdo.
Padre Rodríguez, General de los Agustinos, el resultado de las batallas no se
mide por el número de muertos y heridos, sino por el éxito, y el éxito en la Vigilia do El Escorial,
superó á todas las esperanzas é ilusiones.
Entretanto había llegado la
hora de dar comienzo al grandioso homenaje de adoración á Jesús, Amor y Vida de
los hombres, de principiar el solemnísimo culto y acto de piedad religiosa que
una muchedumbre de hombres y mujeres iba á dedicar á su Dios.
Tiene la Adoración nocturna como
enseña de las valientes compañías que alista, banderas, y con ellas al aire y
la cruz en alto tenían que entrar en el templo, cantando el himno de la bandera
de nuestra salvación.
En un amplio salón del
Colegio de Alfonso XII, llamado paraninfo, pieza que desde su fundación
dedicaron los monjes Jerónimos para los actos públicos escolares, y cuyo techo
decoró Llamas (uno de los más fieles discípulos de
Jordán) con un inmenso
lienzo, donde se ve en alegoría toda la obra salvadora de Dios, desde el
Paraíso hasta Moisés y la
Iglesia; allí, debajo de aquel lienzo simbólico que empieza
en el árbol de la muerte y termina en el santo leño de la vida, se habían
depositado, por singular coincidencia, las banderas de todas las secciones
españolas de la Adoración
nocturna.
Ordenadas en la Lonja, empezaron á hacer su
entrada por el magnífico Patio de los Reyes. Ningún ejército más glorioso penetró
en aquellos lugares después de trescientos años.
Abiertas de par en par las
colosales puertas del patio,
y las centrales de la basílica, desde la anchísima
plaza so veía de un golpe todo lo que hay desde la entrada hasta el fondo do la
basílica, con su soberbio altar, que, iluminado en todas sus cornisas de
líneas de luces, y reflejándolas en los mármoles suntuosos deque está
construido, ofrecía el más bello y grandioso espectáculo. Era una vista
magnífica: los Adoradores formaban detrás de sus enseñas; la multitud se
apiñaba á los lados, y un bosque de banderas que el aire tibio de una noche
majestuosa y espléndida hacía tremolar, avanzaba solemnemente; y entre el
murmullo de la muchedumbre, se escuchaban los cánticos varoniles de los
Adoradores.
Los que presenciábamos aquello sentíamos algo muy grande é
inefable, y en la paz de una noche hermosísima, bajo el marco sublime de un
cielo inmenso de suprema calma, tachonado de estrellas, la sublime confusión
de voces y de himnos que se elevaban valientes sobre un mar de cabezas, y el
movimiento y el ruido de un enjambre inmenso, producía un efecto, más que
sorprendente, anonadador. Lo vimos, y apenas podemos decir nada; abajo, entre
la neblina rojiza y brillante de los focos eléctricos, las sobrias y austeras
paredes del Patio de los Reyes, con sus interminables filas de ventanas, las
grandiosas columnas de la fachada de la iglesia, el arranque imponente de las
torres, que se perdían en la obscuridad de la noche, se destacaban, y allá en
el fondo, como una cueva encantada, llena de majestad y de grandeza, aparecía
la iglesia; y entre la mole inmensa de piedra mucha gente, muchos cánticos, un
movimiento incesante y un entusiasmo grandísimo; arriba, más allá de la brillante
nube, el cielo obscuro, sin límites, millones ;de estrellas, mundos que sólo Dios
conoce, en la imperturbable calma de lo, infinito. El alma se sentía
empequeñecida.
Si hubiera habido entonces
algún gran himno cuyos acentos respondieran á las grandes ideas y sentimientos
que palpitaban en las almas, una onda melódica, sobria, majestuosa y viril,
austera y vibrante, sobre la que la idea de Cristo triunfador, Rey de las
almas, flotase en toda su grandeza, y este himno, sublime y poderoso aliento de
los pechos, se hubiera entonado á la vez por aquellos miles de hombres y mujeres, hubiera tocado en la meta de lo
inconmensurablemente sublime e
imponente; pero sin ser así, con salir de cada
grupo una canción y sor éstas las flojas y vulgarcillas melodías de los
medianísimos cánticos piadosos que en España se usan, al mezclarse y
confundirse en aquel singular concierto, adquirían no sé qué fuerza, que
sobrecogía de emoción. En aquella algarabía se manifestaba el gran poder de las
creencias y el amor sublime á Dios. Todo lo hacen grande el número y el
entusiasmo.
Los Adoradores entraban ya en
el templo, y cuando las primeras banderas llegaron á él, el himno santo de la Iglesia, ese Vexilla Begis prodeunt, canto de guerra y
de paz, de humildad y de triunfo, el himno de las divinas batallas de la Cruz, salió de mil pechos
varoniles. Las banderas avanzaban por el centro, y se repartían en sus puestos
hombres y hombres. De este modo fueron llegando, y pocos momentos después la
grandiosa gradería del presbiterio se cubría de banderas; el Cardenal con los
obispos ocupaban el plano superior, con el clero y frailes, como para
recibirlas; y allí abajo la multitud seguía entrando, más banderas llegaban,
las banderas de Cristo, enhiestas y valientes, y tras ellas más gente cada vez.
Todo se iba llenando, las insignias santas cubrían la línea central, á ambos
lados hormigueaba la muchedumbre, que en una avalancha incesante penetraba en
la iglesia, y entre el murmullo de aquel oleaje de gente, el himno santo de la Cruz sonaba por las
anchas naves de la Basílica.
Cuando se terminó éste, se hizo la Exposición del Santísimo
Sacramento; pausado y solemne, el himno eucarístico se cantó por los miles de
hombres que allí estaban, y al incensar al Señor que en la Hostia santa reina, las
banderas se rindieron por tierra. Tal es el rito y ceremonia que la Adoración nocturna usa,
y que si es grande y emocionante siempre, esta noche era imponentísimo. Pero
ofrecía todavía este primer aspecto de la gran función una nota singularísima:
acostumbrados á ver en casi todas las ceremonias religiosas hábitos talares y
concurrencia solamente de piadosas mujeres, que siempre dan una impresión de
debilidad á los actos del culto, al contemplar la iglesia llena de hombres, y
verles en sus trajes varoniles de seglar, acercarse al altar y rendirse á sus
pies, no sé qué cosa fuerte y vigorosa pasaba por el alma; no era la suave
piedad femenina, ni la mansa lenidad del sacerdote la que se postraba ante el
Sacramento; eran los fuertes de Dios, los hijos del combate, los que dentro del
mundo militan y pelean en ruda brega por su fe; era toda la entereza varonil
del carácter español, digno siempre,
casi altivo, fiero en sus creencias y en
su profunda adoración á Dios; hombres, todos hombres eran los que llenaban la
iglesia, y de verdad que esto es grande.
Terminada la Exposición del
Sacramento, y presidiendo ya el mismo Hijo de Dios como Rey, desde su trono, á
la inmensa muchedumbre que desde el altar hasta los últimos rincones de la
iglesia y del coro, arriba y abajo llenaba la soberbia basílica, la voz del
predicador de Cristo iba á dejarse o ir sobre aquel mar de cabezas que con
avidez tenían puestos sus ojos en el pùlpito. Nadie faltaba ya: los prelados y el clero
en el presbiterio, frailes y abanderados en las gradas de pórfido del altar, en
dos tribunas levantadas al pie de los gigantescos pilares del cimborrio, los
jefes de la Adoración
nocturna, y en el resto de la iglesia la multitud de fieles. Un hijo de San
Agustín, un fraile de esa Orden que hace más de veinte años lleva unido su
nombre al de la sección adoradora nocturna de Madrid, iba á hablar; era el P.
Zacarías Martínez Núñez, Provincial á la sazón de los Agustinos de Madrid y
orador de gran fama y briosa elocuencia que no podía defraudar las esperanzas
que en él tenían puestas cuantos acudieron al Escorial en aquella noche
memorable. Con un exordio brillantísimo comenzó el P. Zacarías su discurso,
entonando un cántico á España, á la que llamó la nación eucaristica por excelencia, haciendo
resaltar el fervor y la fe de los españoles, que sin omitir medio alguno, han
contribuido á que el Congreso eucaristico que en España se celebra, sea la prueba
más fehaciente de su religiosidad. En. párrafos magistrales probó después el
orador que Cristo era el Rey del mundo por derecho divino, por derecho de conquista y por derecho de elección, siendo éste el
pensamiento capital de su discurso. Con exuberancia de textos escriturarlos y
rigor lógico inusitado, supo el P. Zacarías demostrar su tesis, conmoviendo
profundamente á cuantos le escuchaban, y siendo, en resumen, su discurso de un
efecto indescriptible, sobre todo al fustigar á los enemigos de Cristo, y muy
especialmente á masones y cesaristas, «que quieren arrancar de los labios
infantiles las plegarias maternales, que quieren expulsar el crucifijo de las
escuelas y el juramento de los Tribunales de Justicia, que quieren suprimirlos
camposantos y el Sacramento del Matrimonio, aspirando locamente á la
secularización total de la vida; lo que ha sucedido ya en Francia y Portugal,
pero que no llegará á suceder en la patria católica de D.ª Blanca de Castilla
y de Fernando III el Santo».
Unánimes fueron las alabanzas
que se tributaron al elocuente orador agustiniano, que con tan maravilloso
discurso supo conmover á españoles y extranjeros en esta Vigilia general, que
era el broche de oro con que so cerraba el XXII Congreso eucarístico.
Cantóse después el Te Deum por todos los Adoradores, acompañado
por el órgano, con aquella solemnidad que acostumbran en todas sus funciones, y
luego se hicieron los actos de desagravio. Quizá no hubo momento más
emocionante y fuerte que éste en todos los actos de esta memorable noche.
Aquellos miles de hombres no rezaban, hablaban con su Dios, y hablaban con
acento recio, firme, marcado, convencido y lleno. Al pie del altar donde el Redentor
que lavó con su sangre los crímenes del mundo tenía asiento, un sacerdote
recordaba las iniquidades de los hombres, y todos, todos á una voz, en que el
temblor de la emoción se percibía, respondían Perdón, Señor, perdón, y aquellas
palabras, dichas sin el sonsonete del rezo semitonado, en un diálogo tremendo,
repercutían en la inmensa mole de piedra con fuerza inusitada, y á cada
respuesta de éstos el ministro de Dios seguía; la lista de las perversidades
humanas era larga, y cada vez aquel Perdón,
Señor, perdón, sonaba más fuerte, más hondo y más sincero. Se veía que
todo el mundo estaba conmovido; pasaban ante el Dios Redentor cuantas infamias
y horrores el corazón del hombre encierra, y pasaba ante Él la voz fiera del
que llora sin lágrimas, con entereza de hombre, de convencido, que decía: Perdón, Señor, perdón. Aquello era
fuertísimo. Cuando aquel pueblo que prevaricó mil veces, y se convirtió á Dios
otras tantas; cuando aquellos hombres duros, que Jehová llevó al desierto,
oyeron pronunciar á los Levitas las tremendas maldiciones de Dios, y respondían Amén, debieron de dar un espectáculo
semejante. Algo había aquí más consolador, pero no por eso dejaba do ser menos
terrible; siervos de Dios y sus hijos, pero hombres y pecadores, pedían á Dios
perdón con toda la entereza de las almas rectas; desfilaban ante las almas los
pecados del mundo, las iniquidades de los incrédulos, las injurias que á Dios
hacen los que fuera del redil mueven guerra á Cristo, las perversidades de
todos los malvados, todas los horrores, todas las infamias que en el mundo se
cometen; pero también pasaban ante ellas los pecados propios, las
infidelidades, los crímenes, las debilidades y miserias, y para todo eso decían
con aquel profundo acento: Perdón, Señor,
perdón; y lo decían fuerte, como hombres. Era muy grande aquello.
Cuanto siguió á esto se hizo
con toda la devoción y solemnidad que el caso requería; el Invitatorio del Oficio del Sacramento se
cantó alternando por los frailes desde el coro y los Adoradores desde la
iglesia, según los cantorales de El Escorial aquéllos, según la música de sus
rituales éstos, y después, rezado, continuó el Oficio, intercalando el Trisagio
cantado, antes de los Laudes, donde
se cantó el himno y el Benedictus.
No todos los actos que habían
de realizarse en la basílica habían de ser cumplidos por todos los Adoradores,
rendidos de fatiga y cansancio con los viajes que venían realizando para
asistir al Congreso Eucarístico desde las apartadas regiones donde muchos de
ellos vivían, y harto trabajados con la excursión á Toledo, que, al decir de
ellos mismos, les había dejado muertos; por eso, con el Invitatorio terminaron las sagradas
ceremonias á que habían de asistir todos ellos. Para dar algún descanso á
aquellos cuerpos y aun á aquellas almas sacudidas por las más fuertes emociones,
se distribuyeron turnos con arreglo á Reglamento para hacer el Oficio del
Sacramento y velar hasta las tres de la madrugada, en que se celebraría la misa
de comunión.
Se retiraron, pues, los que
no habían de tomar parte en los actos piadosos sucesivos, y los claustros
bajos, el Patio de los Reyes, Lonja del Poniente, se vieron llenos de hombres
que buscaban lugar para descansar.
Es imposible dar idea del
aspecto que ofrecían todos estos lugares en aquella noche: la Cruz Roja tenía
dispuesto su cuerpo de asistencia á la entrada del Monasterio; en las entradas
principales las parejas de la
Guardia civil velaban, algunos policías discurrían, y entre
ese aparato, quo no era mucho, pero que daba su nota particular al conjunto, en
las escalinatas del Patio de los Reyes, en el antepecho que recorre toda la Lonja, en los claustros y escalera
principal, entre gente que subía y bajaba, que iba ó que venía, que conversaba
en grupos, so veían racimos de hombres echados sobre las piedras y descansando
pacíficamente.
Durante toda la noche el
bullir de la gente en la iglesia fui muy grande: los confesonarios todos
estaban rodeados de gente; desde las doce y media las misas en todos los
altares se sucedían unas á otras; en las tribunas, en el coro, en todas partes
los fieles se entregaban con el mayor entusiasmo y fervoroso recogimiento á la
devoción.
*
* *
Pasaba ya de la media noche
cuando se produjo un gran revuelo en todas partes; la Policía mandó desalojar el
coro; en los pasos del colegio al Monasterio se colocaron guardias civiles con
órdenes de prohibir el paso; en la
Lonja se tomaron grandes precauciones y la Policía secreta empezó á
moverse con gran actividad; casi nadie sabía á qué obedecía aquello: hacía
poco más de dos horas que en un cuarto, donde tenía su centro ú oficina el
Consejo Supremo de la
Adoración, se habían presentado dos oficiales con muy
brillantes uniformes; pero ¿á qué venían y cuál era su misión? Apenas si llegó
á oídos do contadísimas personas; había un secreto grande en esto; pero cuando
se acercó la hora empezó á divulgarse el caso, y el caso era que S. M.
la reina
Victoria, con la infanta Luisa de Orleans y sus damas, venían al Escorial por
la carretera en automóvil. Y así fue, en efecto, que antes de que la noticia se
hiciera pública, un automóvil de la Casa Real entraba en la Lonja, se detenía en la
puerta del Colegio, y pocos momentos después la Reina de España, con la Infanta y algunas damas y
caballeros de su séquito que habían llegado hacía algunos instantes, entraban
por el centro de la basílica y se dirigían al altar mayor, donde las recibió el
cardenal Aguirre, y después de orar un breve espacio ante el Señor
Sacramentado, se colocaron en los reclinatorios que allí había, para esperar la
misa de comunión, que iba á empezar de un momento á otro.
La presencia de la Reina dio una nota más de
hermosura y grandeza á la gran fiesta. Apenas habían tenido tiempo de enterarse
y de querer agolparse para verla, cuando ya había pasado por entre la fila de
banderas, y arriba, entro los obispos y el clero, se ocultaba á las miradas de
sus creyentes vasallos;
pero la idea de que con ellos iba á comulgar su Reina,
llenó las almas del más hermoso júbilo, y añadía á las emociones de aquel día
una nueva y muy simpática, y al cuadro una idea más y un motivo muy bello. Sí
que ora poético el Instante y encantador el conjunto del presbiterio. Un
anciano venerable, con rostro de
asceta, con la reposada y serena calma de
la
virtud pintada al exterior, y la venerabilidad de sus canas por insignia de
respeto, al lado de dos jóvenes princesas, Reina la una, rodeados de los
pastores de la Iglesia
y guardados por un círculo de banderas, de las banderas de Cristo, gloriosas
y de paz, que ondeaban á sus pies, sostenidas por hombros humildes, pero de fe
muy alta, teniendo por marco el magnífico presbiterio de El Escorial, todo el
grande rico y majestuoso, y más abajo un gentío inmenso, que adora, que
bendice, que cree y ama, es un cuadro lleno de la más grande poesía.
Cuando esto se supo, uno de
nuestros más ilustres publicistas, Ángel Salcedo, concibió la idea de un cuadro
que perpetuase tan feliz momento, y sin haberle visto escribió:
«¡Qué grupo tan soberanamente artístico el
que sacarían de este acto un Ferrant, ó un Gonzalo Bilbao, ó un Menéndez Pidal!
En la figura del Cardenal, todo lo venerable que cabe en la ancianidad humana;
en la figura de la Reina
arrodillada, todo lo hermoso que cabe en la juventud; los ornamentos brillantes
recamados de oro del Cardenal, contrastando
vivamente con el traje negro de la
Soberana, sin más oro que el de sus cabellos, y en torno de este grupo incomparable, la
infanta Luisa,
los prelados, el inmenso gentío, y por decoración,
no la sacristía, como
en el cuadro de Coello, sino la ingente basílica,
iluminada.
»Y
este efecto pictórico sería el menor que
produciría la vista de semejante cuadro. Porque La
Comunión
de
Su
Majestad la Reina, y más en esta
ocasión y circunstancias, cuando ningún deber político obligábala á ir á El
Escorial, cuando la ida ha
brotado
espontáneamente de su altísima iniciativa, encierra una profunda significación,
que, hoy por hoy, es inmensa alegría en el pueblo español.»
Tal
y como se la imaginó Salcedo fue la impresión que el acto de las dos augustas
señoras, S. M. la reina Victoria y la infanta Luisa, produjo en los Adoradores,
y tan hermosa y grande la emoción que todos sentían. El efecto fue
ejemplarísimo.
Según
estaba dispuesto, las misas de comunión empezaron á las tres de la madrugada.
Se celebraban tres á la vez: una que decía el cardenal Aguirre en el altar
mayor para los Adoradores, y otras dos que en las capillas de las naves
laterales opuestas al altar principal celebraban, el Obispo de Pamplona, P. José
López, en el altar de San Nicolás de Tolentino, para los fieles que, no
inscritos entre los Adoradores, quisieron comulgar, y otra, en el de Nuestra
Señora de la Consolación,
para las señoras Adoradoras. En toda esta misa acompañó la música y cantó el
coro ó capilla de los frailes, acompañado de armonio é instrumentos de arco.
Un poema de comunión, letra del P. Restituto
del Valle y música del P. Villalba fue lo primero que empezó á sonar:
«Alma para Dios
nacida,
Ama á tu Dios sin cesar,
Que el que no le
ama en la vida
Nunca más le vuelve á
amar.»
decía á modo de una saetilla insistente y
misteriosa, que repetía el coro, y entre la cual una voz mezclaba otros
conceptos, para volver sobre
«El que no le ama en la vida
Nunca más le
vuelve á amar.»
Seguía un pequeño interludio
de armonías suaves, y luego la voz del que llama, la de Jesús, invitaba,
glosando las palabras evangélicas:
«Venid los que cruzáis la
senda obscura Del valle del dolor...
Yo soy la senda, la verdad, la vida, Y si queréis
amores sin medida Yo soy el Dios de amor, Venid á mí.»
El coro, á la invitación, contestaba:
«¡Oh, dulce
Jesús mío, Mi bien y mi Señor!
¡Oh vida de
mi vida,
Y
mi primer amor!»
y
pasado este arranque y explosión vehementísima, un canto de contrición, triste
y sombrío, una peroración suplicante y dolorosa seguía, que á medida que se
desahogaba dulcemente cobraba alientos y dulzuras, hasta venir á terminar en la
misma exclamación:
«¡Oh, dulce
Jesús mío, Mi bien y mi Señor!
¡Oh, vida de
mi vida,
Y
mi primer amor!»
que se perdía, larga como un
arrobo, hasta desvanecerse los sonidos en las bóvedas.
Era el poema del amor
eucarístico, que se creyó oportuno para un caso como éste.
Aunque larga composición,
siendo tantas las comuniones, hubo necesidad de añadir otras; César Franck, el
gran organista y compositor francés, dejó oír los hermosos acentos de una de
sus sinfonías orgánicas, y después uno de aquellos ingenuos y devotísimos
villancicos al Sacramento, de la época en que los autos sacramentales
demostraban la espléndida devoción al Sacramento del pueblo español, mostró su
fresca y candorosa piedad; era de Urbán Vargas, compositor del siglo XVII,
perteneciente á la escuela valenciana y notable por su inspiración y ternura.
«¡Oh, qué buen pastor!»
era el principio de su letra, y la música la cantaba con aquella
gracia y candor propias del villancico, del sentir popular.
Como un eco casi imperceptible debía de
sonar la música entre el movimiento que el ir y venir de los que comulgaban
producía. Entre aquel ruido todavía siguieron elevándose canciones al cielo, y
bajo aquellas bóvedas sonaron conciertos que en los siglos XVI y XVII se
compusieron, como los de Orlando Lusso, Casciolini y Carissimi, y otros que
brotaron en estos siglos, más dulces, y así hasta que terminó el acto.
Imposible fue contar las comuniones. Sólo se sabe que en el Altar Mayor y en el
Altar de San Nicolás do Tolentino distribuyeron respectivamente los señores
Cardenal Aguirre y Obispo de Pamplona más de 8.000, y que en las 2.000 misas
celebradas en la Basílica,
Monasterio, Real colegio y Universidad, recibieron la comunión muchos fieles. Calculase
por esto, que las comuniones excederían de 20.000.
Ya clareaba el día cuando terminó la
comunión. Pocos minutos después, S. M. la reina Victoria é infanta D. ª Luisa
salen de la basílica, y en la puerta de Palacio suben al automóvil, emprendiendo
el regreso, acompañadas de sus damas y ayudantes, Conde de Aybar y general
Aranda.
En seguida se comenzó á organizar la
procesión. Trescientas quince banderas dicen que había; lo que parecía es que
no concluían de salir nunca. Entonces es cuando pudimos apreciar la inmensa
muchedumbre que se había congregado en la basílica; era aquel un río enorme de
gente que salía sin interrupción por todas sus puertas.
Las banderas, con los Adoradores de la Sección respectiva llevando
velas en las manos, formaba una línea larguísima, que desde el altar mayor, por
el Patio de los Reyes, la Lonja,
dando vuelta por entre los árboles de la carretera, y siguiendo hasta rodear
todo el contorno del edificio, se perdía entre las calles del pueblo, y todavía
la presidencia, con el palio y el Sacramento, no había abandonado los peldaños
del presbiterio. Casi un kilómetro de línea ocupaba aquel desfile hermoso, que
se hacía entre la serena apacibilidad de una mañana limpia y clara.
Mil cánticos diversos se entonan. La cruz
parroquial y el clero; la cruz del Monasterio, con la Comunidad, el palio, y
bajo él el Cardenal, llevando en sus manos la Custodia; un piquete de
soldados, guardias civiles y carabineros, dan escolta; 15 obispos con hachones
encendidos; el Coronel director de los Colegios de Carabineros; el capitán de la Guardia civil, el alcalde,
el administrador del Real Patrimonio, una Comisión de jefes y oficiales de
Carabineros, que cierran la comitiva, y tras ella los guardas del Patrimonio y
la banda de música de los Carabineros, y detrás un gentío apiñado, constituyen
la parte principal y presidencia de la procesión. Al salir el Santísimo, las
campanas de las dos torres repican en un concierto desbordado y entusiasta, las
cornetas y bandas de música tocan la Marcha Real, el clero y Comunidad vienen cantando
los himnos eucarísticos Pange lingua
y Sacris solemniis, produciendo el más
grandioso y sublime desorden.
Quizá fue demasiado larga la carrera
señalada,
por lo cual, después de hacer una breve estación en la iglesia
parroquial, se ordenó la vuelta, para dar la bendición en la Lonja.
En el ángulo de las dos anchísimas plazas,
y apoyado en el pretil de la
Lonja, se había levantado un rico altar, donde las más
preciosas alfombras y sagrados ornamentos, cubiertos de flores, y entre tiestos
de hermosas plantas que embellecían el conjunto, daban muestra de la piedad y
fervor de las piadosas damas que en él habían trabajado.
Formaron los Adoradores en filas, las
banderas se extendieron en círculo de honor, el piquete se colocó á los lados y
detrás del altar, el clero, Comunidad y prelados de frente; y entre los himnos,
la música y el repicar de las campanas, el venerable anciano que llevaba la Custodia subió al altar.
Daba el sol en él; la riquísima pedrería
de la Custodia
reflejaba sus brillantes rayos; los ornamentos sacerdotales, luciendo entre las
claridades de la mañana, los manteles del altar, las albas, todo ofrecía un
cuadro de luz y de blancura intensa. Se arrodilló la concurrencia toda, sonó
otra vez la Marcha Real,
entre los repiques de las campanas que seguían tocando; cantó el concurso
entero el Tantum ergo, y poco
después, en un silencio sublime, la Hostia del mundo, Jesús, la blanca victima del
amor, Señor y Roy de la tierra, iluminado por los rayos del sol naciente, en
una paz dulcísima bendecía á los hijos de la luz, que lo adoraban. Dada la
bendición la banda tocó el himno de la Adoración nocturna, y la procesión volvió á la
iglesia.
Se hizo la reserva según el rito
acostumbrado, y el desbordamiento de cantos diversos entonados por los
peregrinos, según iban saliendo, fue la última nota de aquella memorable
función.
El desayuno se hizo con bastante orden, aunque
no con la disciplina casi militar planeada, y que caracteriza á los Adoradores
dentro ele la mayor cordialidad y fraternidad.
Durante el día, aquella inmensa bandada de
gente, repartida en grupos que como enjambres iban pasando por los claustros,
se dedicaron, guiados por los religiosos, á visitar todas las joyas de arte que
este Monasterio atesora, y por la tarde, después de la comida que á pleno
campo, en los Jardines del Príncipe y Bosquecillo hicieron, emprendieron la
vuelta á sus países entre el mayor entusiasmo y alegría.
El más bello recuerdo dejó esta fiesta
religiosa en todos los corazones, y en las más humildes aldeas habrá tiempo en
que venerables ancianos la cuenten en el lenguaje pintoresco del pueblo á sus
nietos.
De ella hablaron con entusiasmo los
periódicos católicos, con respeto los indiferentes, con rabia los malvados. Un
hombre desgraciado, redactor de un diario impío, que en sus años de joven
vistió un hábito y sintió los alientos hermosos de la piedad flotar sobre su
cabeza, en un convento, presenció estos cultos y los sencillos ágapes de los
Adoradores, y los contempló con respeto y tristeza, quizá recordó días más
felices; no hizo coplas burlescas como otras veces, pero el periódico siguió en
esta ocasión sus tendencias é ideas. La poesía y la verdad no se hicieron para
los sectarios.
Mucho más habría que decir, porque en
homenajes como éste, donde la vida se manifiesta en lo que de más hermoso
tiene, hay mil escenas, mil detalles que conmueven y emocionan, mil casos
fortuitos en que uno tropieza y le hacen meditar y sentir muy hondo, pero con
impresiones personales quo no hay derecho á comunicar á nadie, impresiones de
las que cada uno de los que asistieron á este acto guardarán gran acopio, y es
mejor que cada uno las guarde en su pecho para saborearlas en las dulces horas de las
intimidades celestiales, que no exponerlas en un relato árido y siempre frío.
La Adoración nocturna española ofreció de España á los
extranjeros la nota más hermosa, para cerrar con ella el Congreso Eucarístico;
yo, que presencié esta Vigilia y que tomé parte en ella con mi pobre música,
conservaré de ella el recuerdo más dulce y sagrado, y la impresión que en mí
causó es la que en estas líneas va trazada.
La Adoración nocturna y la Comunidad de Padres
Agustinos son acreedores á los elogios más vivos y á la felicitación más entusiasta;
recíbanla por ambas todos sus jefes, los que tan ardiente y fervorosamente
trabajaron, y bendigan á Dios, que en tantos corazones derrama sus gracias y
bondades.
